“To poop or not to poop?”, o “la hora de los bifes”

NOTA: Empece a escribir este post el 6 de octubre…
Como soy de las que les gusta guardar todo como recuerdo (como el boleto del primer colectivo que me tome sola), por mas que haya pasado mucho tiempo no queria dejar de publicarlo. El dia de mañana voy a querer recordar esto.

 

Ya estamos. La recta final: 38 semanas exactas. Para los que no entienden qué significa esto, básicamente, estoy que exploto.

Entre los dolores de espalda, de ovarios, las lolas que me pesan y ya no me entran en los corpiños, las bombachas que me apretan, los pantalones que no cierran, mi cara de “no me hables, hace 5 días no duermo”, y algún que otro pedo (porque sí, los bebes que están dentro de nuestras panzas se tiran pedos, acostúmbrense, no somos nosotras eh…), se imaginarán que por estos días no me ando sintiendo toda una Lady Di. Más bien ando tirando más para este lado:

 la barby

 

Pero a pesar de todos estos “gajes del oficio”, a pesar de todas las preocupaciones que le pueden surgir a cualquier mujer en esta situación, hay una cosa, una sola, que realmente me tiene más preocupada que cualquier otra: ¿y si me hago encima a la hora de los bifes?

Sí, muchachos y muchachas, esto es algo que sinceramente me acongoja y algo sobre lo que me juego el culo (disculpen la ordinariez, soy buena hija de mi madre) que todas, y digo TODAS, pensamos en algún momento del embarazo.

“Por favor, Dios, Madre Naturaleza, lo que quieras llamarle, no me dejes hacerme encima cuando este naciendo mi hijo…”

¿Se imaginan qué horror sería? Un momento tan hermoso en el que las mujeres estamos más vulnerables que nunca, con las gambas abiertas y con andá a saber cuánta gente mirándote la pocho y moviéndote de acá para allá… un momento así, opacado por algo tan… oscuro. 

Por el simple miedo que le tengo a que eso pase, porque aparentemente hay una gran posibilidad de que eso suceda en un parto “natural” (más “natural” que parir y cagar, imposible), mi marido tiene terminantemente prohibido espiar lo que va pasando desde mi cintura para abajo. 

«Bien al ladito mío, sosteniendome la mano te quiero, eh. Obedecé o te divorcio». (Perdón, marido, son las hormonas, ya termina, falta poco)

Hace poco hicimos el curso de preparto. Entre las charlas que nos daban sobre lo que podemos esperar cuando entremos finalmente en «trabajo» de parto y una vez que nazca el bebe, dedicaron una hora por clase a que hagamos yoga para embarazadas. ¿Y qué es lo primero que se le ocurre decir a la profesora? «A la hora de pujar, piensen en hacer caca».

Genial. Y yo que trataba de evitar pensar en ESO, a esta loca justo se le ocurre venir a decirme que «es natural», que «no pensemos en eso», y que «en el momento, en lo que menos vas a estar pensando es en hacerte encima». La miré con odio mientras nos insistía en que nos movamos, no seamos vagonetas, hagamos ejercicio, nos agachemos…

«Señora, estoy en esa etapa en donde si se me cae algo al piso, lo contemplo unos segundos y sigo de largo. Lo levantará mi dorima cuando llegue», pensaba mientras insistia la yegua. «Dice eso porque no es ella a la que le pesan la panza y las tetas, flaca soreta…»

Casi todo mi embarazo me la pasé preocupada por esto. Nada me quitaba (ni me quita) más el sueño que este tema. Ni cómo va a ser el dolor, si me la voy a poder bancar, cuántas horas va a durar el trabajo de parto, ¿y si no bajo la panza?, ¿y si la pochola me queda como una palangana? Nada, ¿qué me importa todo eso? ¡Yo solo no quiero hacerme encima y mi mente está fija en la puta caca!

Escuché que muchas futuras mamás evitan comer antes de parir, pero llegué a la conclusión de que eso no me ayudaría en nada a mi. Olvidate. ¿Mirá si no voy a comer durante horas y horas en el momento más estresante de mi vida? Angustia oral se llama, queridos, y, en mi caso, yo no como ni «pico algo»: me atraganto, me morfo la vida misma en momentos de ansiedad.

No me queda otra, tendré que aceptar (aceptar no, resignarme al hecho) que va a ser lo que Dios quiera. A la hora de los bifes, si tiene que venir, que venga, pero que sea rapidito y sin darme cuenta. Ojalá que no, pero si no queda otra… y bueno, una cagada, qué se le va a hacer…

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